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MARTHA ARGERICH

Nota del diario Clarin

El prodigio y la duda

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Signos de humildad y de fragilidad, en una trayectoria extraordinaria, humanizan el perfil de la pianista aclamada mundialmente.


Sandra de la Fuente. ESPECIAL PARA CLARIN.
Martha Argerich nació en Buenos Aires el 5 de junio de 1941. Su temprano contacto con la música fue consecuencia de un desafío: "Marthita no puede tocar el piano porque es demasiado chiquita", habría afirmado un compañero. Entonces, según la conocida historia de su precocidad asombrosa, Argerich se paró frente al piano del jardín de infantes al que concurría y tocó cada una de las canciones que cantaba su maestra. Poco tiempo después, la pedagoga Ernestina Kusrow se hacía cargo de los primeros pasos de Argerich en el instrumento. A los 5 años de edad Martha se había convertido en una niña prodigio que se disponía a tomar lecciones con el temible Vicente Scaramuzza. "Me intimidaba.

No me tuteaba; él tenía 60 años y yo apenas llegaba a los diez, pero él guardaba esa distancia. Le gustaba decir y hacer cosas crueles. Una vez, dos días antes de un concierto cambió más de cien indicaciones en mi partitura", le contó Argerich a su amiga la pianista Jura Margulis en una charla de 1997. "Su estilo de enseñanza era muy italiano, orientado al sonido cantabile, redondo".

Martha Argerich nunca pudo comulgar con las ideas y las emociones del maestro italiano y siempre declaró que su verdadero maestro fue el austríaco Friedrich Gulda, que en su visita a la Argentina había enardecido el ámbito de la música académica porteña.

"Era un revolucionario, pero eso a mí me iba muy bien. Lograba una máxima expresión sin hacer ningún cambio de tempo, ni siquiera entre primero y segundo tema. Scaramuzza ponía el énfasis en el sonido redondo y Gulda tenía un rigor rítmico extraordinario. A veces lograba un sonido que podía, incluso, ser desagradable para la gente. Eso me encantaba", confesó a la revista Clásica, en 1999.

A los 12 años ya había tocado en el Colón. Una cita con el General Perón en la residencia presidencial le permitió partir a Viena para estudiar con Gulda. "A Perón le gustó que no quisiera ir a Estados Unidos", cuenta Argerich en la misma entrevista. "Lo más cómico fue que mi mamá, para congraciarse, le dijo que a mí me encantaría tocar un concierto para la UES. Debo haber puesto una cara bastante reveladora de que la idea no me gustaba porque Perón le empezó a seguir la corriente a mamá diciéndole ''por supuesto señora, vamos a organizarlo'', mientras me guiñaba un ojo y, por debajo de la mesa, me hacía con un dedo que no".

Argerich llegó a Viena en 1954, en el último año de ocupación de las fuerzas aliadas y de Rusia. Viena era un lugar cargado de una energía particularmente vigorosa y la especial relación que Argerich estableció con Gulda le dio un impulso importante a su actividad musical. Después de 17 lecciones, su maestro decidió que le quedaba muy poco por enseñarle y que lo que quedaba tendría que encontrarlo ella misma, por su propios medios. La afirmación de Gulda quedó demostrada con la seguidilla de premios que Argerich obtuvo en 1957: primero, en el Concurso de Bolzano y pocos meses después, en el Concurso Internacional de Ginebra.

Más tarde, en 1965, unos meses después de que ganara el Premio Chopin, el público de Varsovia se puso de pie y le cantó el Stala lat (Que viva Usted cien años), un himno de cálido agradecimiento que sólo había recibido en esos años el ya octogenario Arturo Rubinstein. Tres meses después, Argerich regresaba al Colón. Joven prodigio, a los 24 años, divorciada y con Lidia, su primera hija en brazos, ya era una pianista consumada.

Los gestos, las palabras y el pensamiento musical de Martha Argerich han otorgado rasgos humanos al perfil del instrumentista virtuoso. Sus permanentes dudas, sus temores tantas veces revelados al mismo tiempo con sinceridad y pudorosa reserva forman parte de su magnetismo.

En términos musicales, esas dudas y temores se convierten en un contrapeso que equilibra su energía incontenible, en una forma de compensar esa modalidad de atacar y triturar la partitura en todos los sentidos, que alguna vez definió como su método de estudio.

En 1967, Argerich firmó contrato con el sello Deutsche Grammophon. Hoy es una de las pocas artistas que impone sus condiciones al mercado: graba en distintos sellos, el repertorio que quiere y cuando quiere. Antes que buscar sumar piezas y autores a su repertorio, elabora una nueva versión de lo ya registrado. "Cuando vuelvo a retomar una obra, siempre veo cosas distintas", justificó alguna vez. Cancelaciones de conciertos (aunque, en rigor, en su caso no debería hablarse de cancelaciones porque jamás firma un contrato) y cambios en el programa que en cualquier otro artista serían interpretados como parte de un comportamiento caprichoso, componente imprescindible de la personalidad de una diva, son entendidos por los seguidores de Argerich como un aspecto más de su humanidad, son reveladores de su humildad, de su fragilidad emotiva: Argerich se doblega ante lo que cree que sus fuerzas y su instinto no podrán controlar.

Hace algunos años, Argerich declaró que no se sentía a gusto interpretando obras solistas, que prefería abordar el repertorio de cámara y sinfónico. El violinista Gidon Kremer, el violonchelista Mischa Maisky y los pianistas Alexandre Rabinovitch y Nelson Freire, entre otros, han sido compañeros en sus presentaciones. Su temor a la soledad parece expresarse también en su vida cotidiana y aunque convive en su casa de Bruselas con su hija menor, también aloja a músicos de diferente origen. Las tres hijas de Argerich son frutos de tres matrimonios musicales: Lydia Marina —violinista, la única música— es hija del director chino—americano Robert Chen; Annie, del director Charles Dutoit y Stephanie, del pianista Stephen Kovacevich.

Argerich ha demostrado su interés particular por la formación de músicos y por la difusión de la música clásica; ese interés la llevó a prestar su apoyo para la creación de un concurso internacional y a crear el festival que lleva su nombre. En setiembre de 1999 y después de 13 años de ausencia, volvió a tocar en Buenos Aires además de presidir, en esta ciudad, el Concurso Internacional Argerich. El primer Festival Argerich se hizo en Beppo (Japón). Luego hubo ediciones en Bruselas, en Pescara (Italia) y en Taipei (Taiwán). El público porteño tuvo la oportunidad de disfrutar del Festival Argerich, en sus ediciones 2001 y 2002.

 

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